La Murcia folklórica y folklorísta en el siglo XXI (Nombrar piezas de representación)



Grupo de bailadores y músicos de Nerpio (Albacete). Grabación NO-DO 1976
Es inevitable que para representar una pieza teatralmente y por necesidades de distinción de los propios componentes se le nombre según la localización del informante o informantes . Eso es perfectamente lógico, pero debemos saber que estamos cometiendo un error, históricamente hablando. Pasa igualmente con la indumentaria.

Es muy comprensible que desde la representación y dado la amplitud de repertorio de cada grupo estos "usos" han ido instaurándose desde los inicios en todo tipo de colectivos dedicados a la digna labor de intentar transmitir un espectáculo basado en danzas tradicionales.

Ningún baile representa a un lugar concreto puesto que en la misma zona activa de diferentes comarcas pueden existir repeticiones debido a la interactuación de los informantes en un radio relativamente amplio (exceptuando sus características zonales independientemente de su tipificación actual), de hecho no tiene porqué, y me explico:

Sin entrar en profundidades de influencias, movilidad o pertenencia de quien baila según su origen (no todos los informantes suelen ser nativos), en cada lugar no sólo se tienen unos movimientos concretos, cada persona baila a "su manera", a "su estilo" y por supuesto las mudanzas que sabe. Es una obviedad decir que cuando recogemos una pieza de un lugar se le copian a un informante o varios, para después crear una adaptación mezclando la variedad que han hecho unos u otros, desechando algunas mudanzas que son tan validas como cualquiera, pero por razones de tiempo no se reproducen en la pieza adaptada.




Posteriormente marcamos un orden de reproducción que se queda instaurada en el tiempo, con lo que tipificamos, encuadramos y mecanizamos unos movimientos como pieza inamovible, aunque no nos lo hayan transmitido así, produciendo esto un repertorio que nombramos con el lugar donde se recogió. Pero si la nombramos así estamos faltando a la verdad, pues ¿que pasa con los demás mudanzas que no hemos utilizado?, ¿y con los demás informantes de los que no hemos recabado información?.

Estamos cayendo en el mismo error de los primeros folkloristas que por necesidades concursales  de exhibición acabaron con la espontaneidad de los propios informantes, al marcarles unos ordenes inexistentes en los ambientes festivos y titulando piezas geolocalizadas (no voy a hablar de esa obsesión de que cada pueblo o barrio tenga su baile propio, tan de moda en colectivos con una necesidad imperiosa de crear identidad propia).

Hoy día vemos algunos ejemplos de ello en diferentes Cuadrillas, las cuales en formato exhibición reinterpretan su propio repertorio de una forma semejante a la representación teatral de los colectivos folkloristas. Algo que se ha extendido por el formato escénico de los Encuentros de Cuadrillas, salvo raras excepciones que utilizan el escenario como animación musical exclusivamente y proponen el baile abierto sin limitaciones ni identidad geográfica.

Nombrar las piezas genéricamente (Jota, Fandango, Malagueña, Parrandas, Pardicas, Pardas, Seguidillas, Torrás, etc) y apellidarla según su estilo (huertana, abolerada, murciana, campera, bolera, torera, etc), tono (arriba, abajo, rondeña, cifrá, nota musical de referencia) sería algo mas lógico. Incluso por las características de las mudanzas o tipo de ejecución (sencilla, doble, cruzada, volada, de dos, de tres, de cuadro, de corro...) o bien por algún nombre concreto del informante, según sea por la melodía o por mudanzas, pero creo que nunca por la localización geográfica (aunque si es inevitable, sería mas correcto utilizar el gentilicio zonal como lorquina, totanera, alhameña, etc). En fin, sólo es una idea a la que le encuentro mas sentido a la hora de nombrar una danza para representarla y no caer en la tipificación tan recurrente que luego toma visos de verdad absoluta.

Miguel A. Montesinos
02/02/2017

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